24 de enero de 2015

Nota de Blanck en Clarin del 23/01

Como no sabemos si la dan de baja en cualquier momento, la publicamos para que quede hacia la posteridad. Remarco en negrita las 5 partes que consideramos escenciales de la nota.

Todos los cañones apuntan a Stiuso

El giro brusco que la Presidenta dio ayer en el caso de la muerte de su acusador, el fiscal Alberto Nisman, se empezó a gestar el martes, cuando la pericia hecha por la Policía Bonaerense reveló que no había rastros de pólvora en la mano derecha del fiscal. Y se terminó de decidir el miércoles por la noche en Olivos, cuando la acumulación de declaraciones, pruebas e indicios ya habían llevado al borde del ridículo la hipótesis de un suicidio liso y llano. Esa había sido la hipótesis impulsada al principio por el Gobierno, especulando con un cierre rápido de la causa que pudiera ponerle límite a este gravísimo escándalo.

Ahora el Gobierno alimenta sin pudor la hipótesis del asesinato. La Presidenta habló en su nueva carta de “el suicidio (que estoy convencida) no fue suicidio”. Y aunque se preocupó por señalar que “no tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas”, desplegó una larga argumentación para sostener la existencia de una perversa operación en su contra; que habría empezado con la denuncia de Nisman por encubrimiento de Irán en el caso AMIA, y habría culminado con la muerte violenta del fiscal.

La primera expresión concreta del giro del Gobierno fue la carta de la Presidenta. Y detrás de ella el coro de funcionarios y dirigentes oficialistas entonando la misma canción, con el mismo entusiasmo desafinado con que en los tres días anteriores cantaron la romanza del suicidio.

La segunda expresión del giro se puso en marcha. El objetivo es crear las condiciones políticas y judiciales para detener a Jaime Stiuso, el poderoso ex jefe de Contrainteligencia, a quien Cristina hizo despedir hace poco más de un mes. Ese despido fue la parte más sustanciosa del descabezamiento de la Secretaría de Inteligencia, que ya no le garantizaba a la Presidenta la mínima contención de las causas judiciales en contra suya, de su familia y su Gobierno.

Las condiciones políticas se empezaron a crear desde el momento de la denuncia de encubrimiento de Irán. Se descalificó con furia al fiscal sin dar respuesta a esas acusaciones. Y al mismo tiempo voceros oficiales machacaron sobre un hecho real y comprobable: Stiuso siempre orientó y moniteoreó el trabajo de Nisman, desde que el presidente Néstor Kirchner los presentó en septiembre de 2004, al nombrar a Nisman fiscal de la AMIA.

La muerte de Nisman acrecentó esa batería argumental. En un relato sinuoso y por momentos contradictorio, se acusó a Stiuso de inundar de informaciones y pistas falsas a Nisman empujándolo a firmar una denuncia sin sustento. Enseguida, en boca del abogado kirchnerista Raúl Zaffaroni entre otros, se intentó mostrar la muerte del fiscal como la decisión de un hombre desesperado al ver a qué descrédito público se había sometido.

Ahora el relato sube un escalón: sin decirlo abiertamente pero insinuándolo por todos los medios posibles, se señala a Stiuso como el instigador de la muerte de Nisman, presentada ahora como un muy probable asesinato.

Sólo hace falta encontrar el vericueto legal correspondiente -en eso están trabajando-, que se haga la denuncia, que un fiscal diga que debe ser investigada y que un juez disponga eventualmente la captura del espía más poderoso de los últimos 25 años.

Se dice fácil. Hacerlo tiene otro precio. Es difícil suponer que el capo operativo de la SIDE durante tantos años acepte blandamente que lo transformen en jubilado. Y mucho más que lo metan preso. Para empezar, dicen los amigos de Stiuso, van a tener que encontrarlo: ya habría salido del país.

Pero el sólo hecho de acusarlo y de que pueda pedirse su detención resultarían en un fuerte impacto político. De eso se trata.

Así como se ha dicho que la denuncia de Nisman podría provocarle más problemas políticos que judiciales a Cristina, queda claro que el Gobierno está embarcado en una defensa a cualquier precio de la Presidenta. Y que a eso subordina todo lo demás. Incluso la coherencia de las explicaciones y la credibilidad de las teorías.

En tanto, otro personaje que está en la mira es Diego Lagomarsino, el hombre que le prestó a Nisman la pistola Bersa Thunder calibre 22 con la que se habría efectuado el disparo que mató al fiscal.

Lagomarsino, de 38 años, persona de extrema confianza de Nisman, trabajaba junto a él en la fiscalía desde hacía unos siete años. Es un experto en informática, que cobraba más de $ 40.000 pesos por mes por tareas que Nisman respaldaba. Aunque otros empleados habrían cuestionado la poca presencia de Lagomarsino en las labores cotidianas.

Se lo tiene por el último hombre que vio con vida a Nisman, la noche del sábado. Desde el martes, quizás con la fugacidad con que el Gobierno cambia de posición en este caso, Lagomarsino ocupó el centro de las sospechas oficiales.

Para conocer más sobre él, la Presidenta empezó por pedirle un informe detallado a la ANSeS, con datos personales, laborales y previsionales. Con esa carpeta en la mano fueron en busca de más información.

Fuentes inobjetables de Seguridad aseguraban el miércoles que ciertos movimientos de Lagomarsino les resultaban sospechosos. Por ejemplo, que el sábado al concurrir al departamento de Nisman hubiese entrado por la puerta de servicio y se hubiese retirado por la puerta principal, lo que no sería habitual.

Alrededor de las puertas del departamento en la torre Le Parc y del supuesto encierro hermético de Nisman, que no fue tal, se construyeron y demolieron teorías con la velocidad del rayo. Fue uno de los terrenos más resbaladizos que pisaron los intrépidos voceros del Gobierno.

Ayer, el diario Página 12 publicó declaraciones de una jueza que habló en nombre de Lagomarsino. Dijo que esa, su última noche, Nisman le comentó que había recibido una llamada de Stiuso. Y que el espía le había recomendado al fiscal desconfiar de su custodia y cuidar a sus hijas. Lagomarsino, según la jueza, dice haber visto a Nisman preocupado por su seguridad.
La Presidenta, en su carta de ayer, escribió que “es más que conveniente que se le otorgue mucha protección al sr. Diego Angel Lagomarsino”.

Perfectamente le podría haber dado esa orden en privado al secretario de Seguridad, Sergio Berni, con quien está en contacto permanente desde el domingo y que fue quien le avisó que habían encontrado muerto al fiscal. Aunque en vista de lo sucedido con Nisman, que tenía diez policías federales asignados a su custodia y ya sabemos cómo terminó, suena razonable que la Presidenta le avise al público que ella pidió que se protegiera a Lagomarsino. Nunca se sabe de qué lado pueden venir las malas noticias.

En las hipótesis que hasta anoche manejaba el Gobierno –hoy pueden volver a cambiar, nunca se sabe– Lagomarsino seguía siendo un centro clave de sospechas. En este contexto hay un dato que si no lo condena, al menos lo complica: habría sido Stiuso en persona quien lo llevó a la SIDE. De allí habría pasado a cumplir funciones en la fiscalía, muy cerca de Nisman.

Hay un hecho que otra vez desafía la endeble coherencia del relato oficial. Si se pretende culpar a Stiuso de todos los males, habría que ver cómo encaja la supuesta recomendación del espía a Nisman para que desconfiara de su custodia. Al parecer ese consejo tenía asidero.

Los dos custodios asignados el sábado cuidaron a Nisman desde la entrada del edificio, a trece pisos de distancia de su departamento. Pasaron casi cuatro horas desde que el fiscal los había citado hasta que se inquietaron porque no respondía. Llamaron a la secretaria del fiscal, que estaba en Neuquén. Después a la madre. Fueron y vinieron con ella desde Puerto Madero a su casa en Núñez. Entraron al departamento del fiscal gracias a un cerrajero, junto a familiares de Nisman y un médico privado que dijo que había un muerto pero no firmó el certificado de defunción. Recién entonces los custodios habrían avisado a sus superiores. Cuando pasadas las 22.50 llegó la Prefectura, los dos policías federales estaban allí. Berni les abrió un sumario. Nisman está muerto.

Lo mejor que puede sacar el Gobierno de este desastre es confirmar que no fue capaz de cuidar la vida del fiscal del caso AMIA que había acusado a la Presidenta.
Un gobernador que ayer estuvo en la reunión del Partido Justicialista dijo: “Estamos en una situación explosiva”.

Aníbal Fernández, temprano, había admitido: “Las cosas se ponen cada vez más extrañas”. Ellos lo dicen.

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